viernes, 5 de junio de 2015

Para decir #NiUnaMenos…


Para decir #NiUnaMenos…

La marcha del miércoles 3/6/2015 marca, sin dudas, un hito en la capacidad de movilización que una sociedad -que empieza a estar políticamente madura- puede tener.

Sin embargo, esto recién comienza. Esto recién comienza (si partimos del supuesto de que realmente está empezando) porque aún faltan hacer muchos ajustes dentro de los imaginarios sociales que ponen a las mujeres en un lugar de subalterno que no se revierte sencillamente. 

La subalternidad es definida como ese lugar de silenciamiento, e invisibilidad desde el cual, el sujeto subalterno no puede hablar, sino ser “hablado” (Cfr. Spivak: 1991). Las mujeres, hemos ocupado ese lugar (de subalternidad) desde que la historia de occidente empezó a ser escrita y legitimada por la historiografía misógina, cuya tradición nace de la pluma del “Nunca bien ponderado” Aristóteles. Luego, el Cristianismo, organizó en torno de lo “femenino” una serie de analogías y metáforas que convirtieron a las mujeres en el “origen” de todos los males. Como sea, la historia de las mujeres es triste, y lo sigue siendo la crónica cotidiana que muestra cómo cada crimen cometido en contra de una mujer, es siempre un crimen doble o triple. Porque no sólo hay aniquilamiento “material” sino que sobre ese aniquilamiento material, la sociedad y en particular los Medios Masivos de Comunicación cometen un nuevo femicidio, o una nueva violación en términos simbólicos. Simbolismo que genera un tercer estamento de violencia porque erige sobre la supuesta “aberración” una serie complementaria de “argumentos elípticos” que acaban por justificar (intencionalmente) todo aquello que en la superficie de la letra parece intentar retractarse.

Sin embargo, el machismo y la misoginia no son un problema de varones que afecta a las mujeres, sino un problema que emerge como resultado de una matriz cultural profundamente arraigada en varones y mujeres de todas las clases sociales, y con cualquier tipo de formación académica u orientación sexo-genérica. Y creo que es este el punto más álgido. Cuando la subordinación es cultural, la reproducción de ese imaginario es casi inagotable. El verdadero desafío de los movimientos actuales, ya sean feministas, queer, o como prefieran llamarse (cuestión para nada menor, en cualquier caso) es justamente revisar y deconstruir sus propias matrices patriarcales (expresión casi paradojal).

Volviendo al gran “¿acontecimiento?” (En su sentido Deleuzeiano) ¿Qué significó la marcha “#NiUnaMenos” para un colectivo de mujeres dentro de las cuales, muchas de ellas no terminan de ponerse de acuerdo en si realmente quieren o no “desterrar” la violencia? Para algunas, una buena oportunidad para arremeter en contra de “La Yegua”… para muchas otras, una oportunidad de manifestarse en contra de un sistema machista que ha castigado a La Presidenta, por su doble rol como mujer y como mandataria, en donde lo primero parece ser más imperdonable que las decisiones que toma desde el segundo rol. La Revista Noticias ha sabido hacer una apología indisimulable del odio hacia la mujer, emblemáticamente encarnada por CFK.

Hasta aquí nada parece sonar desconocido. Todxs estamos bastante al tanto de estas cuestiones. Pero lo que me ha movido a escribir esto es la impresión cada vez más espantosa que me generan ciertas expresiones de mujeres que, se supone, hacen, o han hecho alguna reflexión sobre el tema. De algunas feministas, voy a abstenerme de hablar, porque sencillamente incurren en las incoherencias más nefastas y abominables en las que pueden incurrir… pero me preocupan las otras, las que sin asumirse políticamente como feministas adoptan una postura progresista en relación a la vulnerabilidad de las mujeres. Me preocupa cuando sus prácticas incluyen elegir el amor entre mujeres, pero también seguir asumiendo en ese vínculo, relaciones que reproducen el imaginario de la sensualidad/sexualidad/genitalidad heteronormativa. Me preocupan cuando hablan como “machos”, cuando describen sus aventuras sexuales como lo haría el más obvio de los machistas, y me preocupa, no desde un lugar de pseudoautoridad moral o intelectual, sino desde la paradoja del silencio/palabra. Porque cuando usamos expresiones, habitualmente usadas por los varones, para referirse a las mujeres como “cosas que le pertenecen” “cosas de las que obtienen disfrute personal y egoísta” la pregunta que se detona es ¿desde dónde se produce ese “ruido” en el sentido de lo afirmado?... ¿desde un discurso que interrumpe al discurso machista, o por el contrario desde un discurso que lo vuelve a reproducir en sus múltiples facetas?

Creo que las mujeres, seguimos entrampadas en el discurso machista, porque –como sostiene Spivak (1991)- no tenemos palabra. O como dice Irigaray (1974) para que lo femenino pueda emerger por fuera de la plataforma significante falocrática, es imprescindible, desquiciar y desarticular la sintaxis.

Por eso para decir (auténticamente) #NiUnaMenos debemos esforzarnos por generar un lenguaje que no sea ni falologocéntrico, ni machista, ni misógino ni patriarcal. La pregunta es ¿cómo se logra construir ese lenguaje? ¿Desde dónde lo podemos producir, si estamos tan colonizadas por la misma ideología que queremos desplazar y denunciar?... ¿o es que acaso estamos sentenciadas a no poder “hablar”?... Porque si no podemos hablar, ¿qué estamos diciendo, cuando decimos “NiUnaMenos”?... Me perturba que solo sea un slogan más…un consignismo vacío que logra generar arenas de disputa partidaria. Arena en la cual, las que seguimos mordiendo el polvo, siempre somos las mujeres…

MK2015

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